
Siente que debe volver a mirar, a esos ojos llenos de miedo, opacados por la soledad, borrosos por querer huir, correr sin poder dar un paso. Jamás habla de aquello le duele supongo, huye y desdibuja el recuerdo.
Fue sin darse cuenta, lentamente, desde siempre. No sabe muy bien cómo, pero cree que la odiaba. Cuando la piensa crece esa llama iracunda, que lo prende todo.
Nunca supo enfadarse, gritar, patear, empujar, arañar, morder, nunca supo. Ahora tampoco sabe. Congelada, quieta, callada, ausente de ella supongo, pero cuando la piensa, odia.
Intentó repensarla, un poco, volvió a repensarla, otro poco y al final del principio cree que la odió. Nunca supo muy bien nada, pero se siente enferma, cansada, herida por tanto y sin remedio.
Rudamente la mira, desde un lugar ocupado por el resentimiento, reconoce que la importancia de sustentar la vida, apremia y cree que odiar es un modo, como otro, de estar.
Conoce su dolor, sabe que siempre ha estado ahí, desde chiquita sí, de adolescente sí, la mira a los ojos, confusa duda, un poco, si odiar o abrazar. No abraza.
